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¿QUÉ PAPEL JUEGA EL REINO UNIDO EN LOS INICIOS
DE LA INTEGRACIÓN EUROPEA?

- Consuela DOBRESCU -



Desde el comienzo del proyecto de integración europea, el papel del Reino Unido ha sido uno muy controvertido, que ha experimentado varios cambios de posición y de orientación – desde el rechazo del proyecto en sus inicios hasta su discutida entrada en las Comunidades Europeas el 1 de marzo de 1973, junto con Irlanda y Dinamarca. Para ver mejor la línea de actuación británica, hay que recordar los orígenes de las Comunidades Europeas.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa desea más que nada una paz duradera, que le permita recobrarse de la dura experiencia que acababa de padecer. En una nota que hace llegar a Robert Schuman el 28 de abril de 1950, Jean Monnet resume la situación:

“Hacia cualquier lado que nos volvamos, en la situación actual del mundo, no se encuentran más que callejones sin salida, ya se trate de la aceptación creciente de una guerra que se juzga inevitable, el problema de Alemania, de la prosecución de la recuperación de Francia, de la organización de Europa o del propio lugar de Francia en Europa y en el mundo. Solamente existe un medio de salir de semejante situación: una acción concreta y resuelta, centrada sobre un punto limitado, pero decisivo, que produzca, sobre ese punto, un cambio fundamental y, paso a paso, modifique los propios términos del conjunto de problemas.”

Será el mismo Jean Monnet quien, junto con Paul Reuter, Etienne Hirsch y Pierre Uri, redactará el borrador del proyecto francés de la fusión del carbón y del acero, borrador que será recogido casi sin ningún cambio en la famosa Declaración del ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, en una conferencia de prensa que tendrá lugar en París, en el Salón d’Horloge de la Quai d’Orsay.

“No se podría salvaguardar la paz mundial sin esfuerzos creadores a la medida de los peligros que la amenazan. La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización resulta indispensable para la salvaguarda de las relaciones pacíficas. (...) Europa ha de organizarse sobre una base federal. El elemento esencial es la unión franco-alemana, y el Gobierno francés está decidido a acometerla. (...) El Gobierno francés propone situar el conjunto de la producción franco-alemana de carbón y acero bajo una Autoridad Internacional abierta a la participación de otros países de Europa. Esta tendrá por misión unificar las condiciones de base de la producción y posibilitar la extensión gradual a los ámbitos restantes de una cooperación efectiva con fines pacíficos. (...) Esta propuesta tiene un alcance político esencial: abre en las murallas de las soberanías nacionales una brecha lo suficientemente limitada como para permitir las adhesiones y lo suficientemente profunda como para arrastrar a los estados hacia la unidad necesaria para la paz.”

Esta propuesta, dirigida especialmente a Alemania, pero abierta a todos los países europeos, tendrá diferente acogida en estos: Italia, por ejemplo, fue la primera en reaccionar ante la Declaración del 9 de mayo. En menos de 24 horas después de la conferencia de prensa de Schuman, el conde Sforza, el ministro italiano de Asuntos Exteriores, anuncia la adhesión “de principio” de su país al proyecto francés, después de que el primer ministro, Alcide de Gasperi, había consultado lo otros tres partidos del país, los cuales habían manifestado su apoyo. A mitad de mayo (el 16) empiezan las conversaciones con los representantes de Benelux: Paul van Zeeland (Bélgica), Dirk Stikker (Países Bajos), Joseph Bech (Luxemburgo), que reciben el proyecto favorablemente. Se podría decir que la propuesta francesa estaba en la misma línea de actuación que estos países consideraban como la más conveniente, como se puede deducir del discurso pronunciado por Joseph Bech en 1942 ante la Cámara de Representantes de los Estados Unidos:

“El futuro de Europa depende de su voluntad de organizar una unión de naciones en cuyo interior cada uno se muestre de acuerdo en sacrificar una parte de su independencia económica, política y militar para el bien de la comunidad en su conjunto. (...) Pero se da otro hecho, un hecho capital, que tiene una influencia enorme sobre la cooperación de las naciones de Europa. Se trata de Alemania. No se puede excluir a Alemania de la comunidad europea.”

Alemania también, en la persona de su primer ministro, Konrad Adenauer, que el 7 de marzo de 1950 declaraba a un periodista norteamericano, Kingsburg Smith que “la unión entre Francia y Alemania le daría nueva vida e impulso a una Europa gravemente enferma. Su influencia psicológica y material sería considerable y liberaría fuerzas que salvarían seguramente a Europa. Creo que es la única posibilidad de llegar a unificar Europa. La unión entre Francia y Alemania debería completarse con la fusión de sus Parlamentos y sus economías” , recibe bien la propuesta.
Reino Unido será el único país que rechazará la propuesta francesa que ya había sido aprobada en Alemania, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo e Italia. Pese a las numerosas sesiones de trabajo en Londres mantenidas por Jean Monnet entre el 14 y el 19 de mayo, el gobierno británico se niega a formar parte de la naciente comunidad. Los ingleses prefieren mantenerse alejados de un proyecto cuyas posibilidades de éxito no se podían adivinar con claridad. Esto es lo que el gobierno británico contesta al memorándum mandado por los franceses:

“Hemos recibido su memorándum. Debe entenderse que si el Gobierno francés pretende insistir en el compromiso de poner en común los recursos y en crear una Alta Autoridad con poderes soberanos, y ello como condición previa a una participación en las conversaciones, el Gobierno británico, sintiéndolo mucho, no puede aceptar semejante condición.”

A su vez, Robert Schuman manifiesta su desagrado ante la negativa británica con la ocasión de la Conferencia del Tratado de la Comunidad Europa del Carbón y del Acero (CECA), el 20 de junio de 1950:

“Hubiéramos deseado vivamente que Gran Bretaña estuviera presente en nuestros debates. No podemos concebir Europa sin ella. Sabemos que el Gobierno británico desea el éxito de nuestros trabajos. Se han puesto de relieve – franca y amigablemente – algunas divergencias de puntos de vista que le han impedido participar activamente, por lo menos en el estado actual de las conversaciones. Conservamos la esperanza de que las dudas y los escrúpulos – que no ha sabido vencer un razonamiento más bien doctrinal- acabarán cediendo ante hechos más concretos.”
Las dudas actuales relativas a Gran Bretaña no nos han de impedir actuar. Si no hay acuerdo con los ingleses, lo lamentamos, pero conservamos la esperanza y el deseo de acogerlos más tarde.”

La actitud del Reino Unido es, por decirlo de una manera, contradictoria, aún más si se tiene en cuenta que en el discurso de 19 de septiembre de 1946 en la Universidad de Zurich, Winston Churchill había expuesto su opinión sobre el mejor camino que podría tomar Europa, opinión que coincide con la de tantos estadistas europeos. Dice Churchill en su discurso:

“Si Europa se uniera, compartiendo su herencia común, la felicidad, prosperidad y la gloria que disfrutarían sus tres o cuatrocientos millones de habitantes no tendría límites. Y sin embargo, es desde Europa de donde han surgido y se han desarrollado esta serie de horribles guerras nacionales, originadas por las naciones teutonas, que hemos conocido durante este siglo XX, e incluso durante nuestra existencia, que ha arruinado la paz y destruido las perspectivas de toda la humanidad. ¿Y cuál es la situación a la que ha sido reducida Europa? (…) Entre los vencedores hay una gran confusión de voces agitadas; entre los vencidos, el sombrío silencio de la desesperación. Eso es lo que han conseguido los europeos, agrupados en tantos antiguos Estados y naciones, (…) Tenemos que construir una especie de Estados Unidos de Europa, y sólo de esta manera cientos de millones de trabajadores serán capaces de recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que la vida merezca la pena. Tenemos que volver la espalda a los horrores del pasado. Debemos mirar hacia el futuro. No podemos permitirnos el arrastrar a través de los años aquello que puede traer de nuevo los odios y las venganzas que se desprenden de las injurias del pasado.(…) El primer paso en la recreación de la familia europea es una asociación entre Francia y Alemania. ”


La verdadera preocupación del gobierno británico es la expansión del comunismo ruso en el contexto político europeo. Churchill expresará esta preocupación y propondrá la creación de un ejército europeo en un discurso pronunciado a principios de agosto de 1950, en Estrasburgo, en el Consejo de Europa:

"Se tiene que crear, en el más corto plazo posible, una frente defensiva real en Europa. Gran Bretaña y los Estados Unidos deben mandar grandes fuerzas al Continente. Francia debe recrear su famoso ejército. Les damos la bienvenida a nuestros casmaradad italianos. Todos (…) tienen que cumplir lo mejor posible."

Después de la creación de la CECA (por el Tratado de París el 18 de abril de 1951), Comunidad cuyo objetivo político – una autoridad administrativa supranacional, cuyas decisiones hay que respetar y aplicar a escala nacional – rechaza el gobierno británico, se intenta la creación de dos Comunidades más. La Comunidad Europea de Defensa (CED), cuyo tratado se firmó el 27 de mayo de 1952 por los “Seis” y la Comunidad Política Europea (CPE) son iniciativas francesas. Ninguno de los dos tendrá éxito, porque paradójicamente, la misma Francia que los había propuesto, los rechaza – el 30 de agosto de 1954, el Parlamento francés no aprueba el proyecto de la CED, lo que hace que la CPE deje de tener sentido.
En los siguientes años, se intenta la integración europea por vía económica. Es así como se firmarán los Tratados de Roma, el 25 de marzo de 1957, por los cuales se instituyen dos Comunidades más aparte de la CECA: la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (CEEA), esta última también conocida como Euratom. El objetivo de estas dos Comunidades es principalmente económico, tal como su nombre lo indica – son la base sobre la que se planea crear un mercado común europeo, donde se den las cuatro libertades fundamentales: libre circulación de mercancías, libre circulación de trabajadores (hoy en día, personas), libre circulación de capitales, libre prestación de servicios y libertad de establecimiento.
En las negociaciones que se llevaron a cabo para la realización de estas Comunidades fue invitado también el Reino Unido. Concorde con su política de no participar en el proyecto europeo, éste va a desarrollar su propio proyecto, una zona de libre cambio. En julio de 1959 Reino Unido, Austria, Dinamarca, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza deciden en Estocolmo crear entre ellos una Asociación Europea de Libre Comercio (European Free Trade Association - EFTA). El 4 de enero de 1960 se firma en la capital sueca el Tratado de creación de dicha Asociación, Tratado que entrará en vigor el 3 de mayo de 1961.
Este proyecto es un reflejo de lo que el Reino Unido quería que implicasen las nuevas CCEE, representa un nivel mínimo de integración económica. Su área se limita a las mercancías y a los intercambios de mercancías, sin intenciones de ampliación, de apertura hacia otros objetivos. Su meta es puramente económica – un espacio comercial, una zona de libre cambio y nada más.

La década de los ’60 es una en la que empiezan a sentirse los beneficios económicos del formar parte del emergente mercado común de las CCEE. Varios países quieren empezar las negociaciones que lleven a su entrada. La más notable y sorprendente presencia es la del reino Unido, que pese a su escepticismo en cuanto a estas Comunidades, manifiesta su interés en la adhesión, después de haber examinado los aspectos políticos y económicos que implicaba la entrada en las CCEE y haber llegado a la conclusión de que obtendría, como miembro, beneficios en ambos ámbitos. Será el primer ministro conservador Harold Macmillan quien, el 31 de julio de 1961, expondrá por primera vez este deseo delante de las CCEE.
Pero las cosas habían cambiado y la misma Francia que se había mostrado abierta todos los países europeos ejercerá su derecho de veto por dos veces, en ’63 y en ’67, impidiendo el acceso del Reino Unido a las CCEE.
En la primera serie de negociaciones, los temas principales fueron las tarifas aduaneras, el mercado del Commonwealth, la agricultura del Reino Unido y las relaciones con otros países de la EFTA. En uno de sus discursos, Macmillan señaló que “sería una tragedia que nuestra entrada en la Comunidad forzara o otros miembros del Commonwealth a cambiar todo su modelo de mercado y, por consiguiente, también sus orientaciones políticas. (...) Estoy seguro de que entenderán que Gran Bretaña no podría adherir a la CEE bajo condiciones en las que las conexiones con su mercado se le cortarían, con grave perjuicio e incluso ruina para algunos de los países del Commonwealth.” Otro punto muy discutido también fue el nivel de la agricultura del Reino Unido. En el ’63 el gobierno de De Gaulle concluyó que desde su punto de vista, el Reino Unido no estaba preparado para la adhesión y señaló su entrada cambiaría completamente la naturaleza de la Comunidad.
El gobierno laborista de Harold Wilson hizo el segundo intento de adhesión del Reino Unido a la CCEE, que fue bloqueado por la reiterada negativa francesa, en una conferencia de prensa de mayo de ’67, negativa basada en razones económicas y monetarias.
El rechazo francés tiene varias explicaciones. Una de ellas es que el general De Gaulle se sintió ofendido por el hecho de que los ingleses no habían adherido a su propuesta desde el principio; otra tiene que ver con que los ingleses eran considerados por De Gaulle como el caballo troyano de los EEUU, con los que iba a mantener una relación especial a las espaldas de Europa. El general temía también que intentarían tomar el liderato en Europa y transformarla en territorio británico, en Imperio Británico.
Lo que sí es cierto es que será solamente después de la ascensión a jefe de estado de Georges Pompidou en 1969 que el Reino Unido podrá reiniciar las negociaciones para su entrada en las CCEE. Y esta vez lo va a conseguir, el 1 de enero de 1973, junto con Irlanda y Dinamarca, países que, dada la estrecha relación económica existente entre el Reino Unido y ellas, se verán remolcadas hacia las CCEE.
El Reino Unido entró en el mercado común en plena crisis del petróleo, crisis que afectaba el mundo entero, es decir, demasiado tarde, en el momento menos oportuno, con unos costes muy grandes. De hecho, los ingleses dieron a entender que se irían a la primera ocasión, sin querer reconocer que aunque su adhesión les había costado mucho, y no sólo en términos financieros, su partida les costaría aún más. Según The Economist, desde que el Reino Unido adhirió, sus exportaciones a la Comunidad crecieron en un porcentaje de 560%, mientras que las dirigidas al resto del mundo sólo en un 290%. Asimismo, casi la mitad de sus exportaciones van al mercado común y 2,5 de 10 puestos de empleo dependen de su acceso al mercado.

 

BIBLIOGRAFIA:
1. Pedro Luis GOMIS DIAZ, De La Haya a Estrasburgo (1946-1969), Madrid, 1994.
2. Asociación para la Investigación y la Docencia Universitas, En los orígenes de la Unión Europea – Robert Schuman y Jean Monnet.
3. An Akward Partner – UK Relationship with Europe, Research Project, Diploma de Estudios Anglo-Norteamericanos, Universidad de Navarra, Eduardo Preciado Iriso.
4. Luigi Barzini, The Europeans, Simon and Schuster, New York
5. www.historiasiglo20.org
 

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